cuando siempre es Él.

Cuando “siempre es él”

Hoy salí del colegio con esa frase otra vez resonando en la cabeza:
“Es que siempre es él.”

En clase.
En el comedor.
En el patio.
En las salidas.

Siempre él.

Y yo me debato entre dos emociones que conviven mal:
la preocupación real y la necesidad casi instintiva de protegerlo.

Mi hijo tiene cinco años. Es intenso. Mucho.
Desde bebé lo fue. Le costaba dormirse, se activaba con facilidad, necesitaba movimiento constante. Nunca fue un niño “tranquilo”. Y yo tampoco quiero que lo sea. Pero sí quiero que pueda estar en el mundo sin que el mundo lo aparte.

Porque eso es lo que más me duele ahora: que lo aparten.

En el comedor, cuando molesta, lo sacan de la mesa.
Y entiendo que los adultos necesiten orden. Lo entiendo de verdad. Pero también sé que sacarlo no le enseña a regularse. Solo le confirma que es el que sobra.

Y yo no quiero que empiece a construirse desde ahí.

No es que no quiera hacerlo bien

Lo más difícil de explicar es esto:
yo no veo maldad en él.

Veo desborde.

Cuando estalla, estalla de verdad. Patadas. A veces mordiscos. No mide. No calcula. No hay reflexión en ese momento. Hay un cuerpo que va demasiado rápido y un freno que aún es pequeño.

Después no suele arrepentirse.
A veces incluso inventa historias. “Venía un león.”
Y durante un segundo dudo: ¿me está tomando el pelo?
Pero no. Creo que se está protegiendo. Porque reconocer lo que ha pasado quizá es demasiado grande para él.

Empiezo a entender que no es que no quiera hacerlo mejor.
Es que todavía no puede.

El miedo a la etiqueta

Me preocupa que empiece a ser “el niño intenso”, pero dicho en negativo.
El que molesta.
El que hay que vigilar.
El que siempre da problemas.

La intensidad no es algo malo. Puede ser creatividad, liderazgo, pasión. Pero si solo recibe corrección y exclusión, la intensidad se convierte en oposición o en vergüenza.

Y eso sí que me asusta.

Porque las etiquetas tempranas pesan.
Y a veces los niños acaban comportándose como el personaje que les asignamos.

No quiero negar el problema

No estoy en modo negación.
Sé que hay una dificultad real. Cuando ocurre en todos los contextos —clase, comedor, patio, salidas— ya no es algo puntual. Es una dificultad transversal para regularse.

No quiero mirar hacia otro lado.
Quiero intervenir. Quiero ayudarle. Quiero buscar orientación profesional si hace falta.

Lo que no quiero es que la solución sea apartarlo.

No quiero que aprendan a gestionarlo excluyéndolo.

Lo que sí quiero

Quiero adultos que se pregunten:
“¿Qué necesita para poder hacerlo mejor?”

Quiero estrategias preventivas antes del estallido.
Quiero que le den roles, estructura, anticipación.
Quiero que cuando lo consiga —aunque sea cinco minutos— alguien lo vea.

Y sobre todo quiero que él no empiece a pensar que es “el problema”.

Porque no lo es.

Es un niño de cinco años con un sistema nervioso que va demasiado rápido y que necesita aprender a frenar.

Y yo, mientras tanto, estoy aprendiendo a acompañar sin negar, a proteger sin justificar y a sostener sin romperme.

No sé todavía cuál será el nombre técnico de todo esto.
Pero sí sé algo: no es mala crianza.
Es intensidad que necesita guía.

Y eso, aunque agota, también es esperanza. 💛

Comentarios

  1. Mis hijos son los dos super tranquilos. Pero aún así, he aprendido por las malas (acoso) que los colegios, comedores, etc. lo único que quieren es sacarse el problema, hacer fácil su día a día, su jornada, y lo fácil que es... apartarlo. Si fuera yo, buscaría una psicóloga infantil, le comentaría la situación, seguro que te ayuda, a lo mejor no tiene ni que ir él. Una abrazo y mucha fuerza.

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  2. Hay niños más revoltosos que otros tal vez el deporte le ayude. Un beso

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