TDAH Antes del estallido: lo que nadie quiere ver.


Hay algo que llevo tiempo observando en mi hijo y que me ha cambiado completamente la forma de entender sus “momentos difíciles”.

El estallido nunca empieza en el estallido.

Siempre hay un antes.

En casa lo veo con más claridad. Quizás porque soy su madre, quizás porque lo conozco en lo cotidiano, o quizás porque tengo más tiempo para leer esos pequeños gestos que a otros adultos se les escapan.

Cuando está cansado o empieza a saturarse, hay señales muy claras: se retuerce el pelo de forma insistente, a veces hasta el punto de hacerse daño. Cambia su forma de estar en el cuerpo. Es como si algo dentro de él empezara a subir de volumen poco a poco.

Y en esos momentos yo ya sé que algo está pasando, aunque todavía no haya “pasado nada”.

En el colegio o en el comedor, sin embargo, ese antes no siempre se ve. O no siempre se interpreta. Solo llega el después. El momento en el que ya ha explotado, ya ha reaccionado, ya ha molestado. Y entonces aparece la etiqueta: “es él”, “otra vez él”, “siempre él”.

Pero yo veo otra cosa.

Veo el ruido, los cambios, la fatiga, la sobrecarga. Veo cómo ciertos estímulos le afectan más de lo que puede gestionar: el movimiento constante de los dibujos, los ruidos fuertes, demasiada gente hablando a la vez, situaciones que le exigen adaptarse demasiado rápido. Y veo también cómo intenta sostenerse como puede hasta que ya no puede más.

Hay cosas que en casa nos ayudan a reconducir antes de llegar a ese punto. No desde la prohibición, sino desde la conexión. Si le veo nervioso, no le digo solo “no te toques el pelo”. Le pregunto qué le pasa. Si necesita algo. A veces es un masaje en los pies. A veces jugar un rato. A veces simplemente parar.

No siempre es perfecto, pero funciona mejor que intentar cortar la conducta sin entender la necesidad que hay detrás.

También hay cosas que estamos aprendiendo juntos: la frustración cuando no gana, la dificultad para aceptar perder, la intensidad con la que vive ciertas situaciones. Todo eso forma parte de su manera de estar en el mundo y también de su proceso de aprendizaje.

Y luego está la comida.

Algo tan simple como eso.

En casa puede comer primero el yogur o la fruta si lo necesita, y después el resto. No es una batalla. Pero en el comedor todo cambia: hay un orden, una norma, un “primero esto, luego lo otro”, y si no llegas al primero, no hay segundo. Y ahí es donde empieza el conflicto.

A veces me pregunto si le estoy ayudando o si debería insistir más en que el entorno se adapte, o si es al revés, si él debe adaptarse más al entorno.

Y en medio de esa duda está lo más difícil: hablar sin diagnóstico cerrado, sin una etiqueta clara que lo explique todo. Solo con observaciones, con intuición, con lo que veo cada día.

Pero cada vez tengo más claro algo: no necesito tener todas las respuestas para empezar a pedir que se tenga en cuenta lo que ya se ve.

Porque antes del estallido siempre hay señales.

El problema es que no siempre hay alguien mirando ese antes.

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