Hay una contradicción que me ha acompañado durante años y que ahora empiezo a mirar de otra forma.
El orden.
O mejor dicho, el desorden… y el orden extremo que aparece a ratos.
Mi armario puede ser un caos. Ropa acumulada, cosas que no encuentran su sitio, decisiones que se posponen una y otra vez. Y, sin embargo, el armario de mis hijos está por colores, por tallas, perfectamente organizado. Cada cosa en su lugar, como si ahí sí tuviera sentido mantenerlo todo bajo control.
Lo mismo con la nevera.
Hay semanas en las que hago una compra perfecta. Planificada. Pensada para dos semanas. Todo encaja. Todo está ordenado. Y, sin embargo, unos días después, parece que no hay nada. Como si ese sistema perfecto hubiera desaparecido sin dejar rastro.
Durante mucho tiempo pensé que era falta de constancia. Falta de disciplina. Falta de capacidad para sostener lo que sí soy capaz de hacer en determinados momentos.
Ahora lo veo distinto.
No es que no pueda.
Es que no siempre puedo igual.
Y aquí está una de las diferencias clave.
En una persona neurotípica, el sistema de organización suele ser más estable. No perfecto, pero sí más constante. Las rutinas de ordenar, planificar o mantener el entorno requieren esfuerzo, pero ese esfuerzo se mantiene relativamente parejo en el tiempo. No depende tanto de “estar en un buen día” o “tener energía mental disponible”.
En el TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad), en cambio, las funciones ejecutivas —las que ayudan a planificar, priorizar, iniciar tareas y sostenerlas— no funcionan de forma lineal. Son variables. Hay momentos de claridad y estructura en los que todo encaja con facilidad… y otros en los que las mismas tareas básicas pueden sentirse desbordantes.
No es que no sepa cómo hacerlo.
Es que el acceso a esa capacidad no es constante.
Por eso puedo organizar perfectamente el armario de mis hijos, crear sistemas, clasificar por colores y tallas, o diseñar una compra eficiente para dos semanas… y aun así no ser capaz de mantener ese mismo orden en mi propio espacio en otro momento.
Durante años intenté explicarlo como una incoherencia.
Hoy empiezo a entenderlo como un patrón.
Y hay otra diferencia importante con lo neurotípico: en el TDAH, la motivación y la regulación no dependen solo de la importancia de la tarea, sino también del estado interno del cerebro en ese momento. No es simplemente “hacerlo o no hacerlo”, sino si en ese instante el sistema ejecutivo está disponible para sostenerlo.
Por eso no es comparable con “a cualquiera le cuesta ordenar”.
A cualquiera le cuesta.
Pero no de esta forma, ni con esta variabilidad, ni con esta sensación de que a veces puedes sostenerlo todo… y a veces ni lo básico encaja.
Y quizá lo más difícil no es el desorden.
Es la interpretación que hacemos de ese desorden.
Porque durante mucho tiempo lo llamé falta de constancia.
Ahora empiezo a llamarlo otra cosa: funcionamiento desigual de algo que sí existe, pero no siempre está accesible.
Y eso cambia completamente la forma en la que te miras.
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Una pequeña herramienta que me está ayudando
Una cosa que me está ayudando a reconciliarme con esta contradicción no es intentar “ser más constante”, sino dejar de depender de la constancia.
Estoy empezando a usar sistemas externos muy simples para reducir la carga mental:
* Rutinas visibles (no en la cabeza): listas cortas en papel o en el móvil, siempre en el mismo sitio.
* Zonas fijas: que cada cosa tenga un lugar claro, aunque no esté perfecto.
* “Reset mínimo”: en vez de ordenar toda la casa, solo 10–15 minutos al día en una zona concreta.
* Menos decisiones diarias: automatizar comidas, compras o tareas repetitivas cuando puedo.
No lo hago para convertirme en alguien diferente, sino para que mi energía no dependa tanto del “día bueno o día malo”.
Porque si algo estoy entendiendo es esto: no necesito hacerlo todo perfecto para que funcione. Necesito hacerlo más fácil de empezar.
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