TDAH y gestión emocional: lo que estamos aprendiendo Mauro y yo a los 6 años
Hay días en los que me siento aliviada al comprobar cuánto hemos avanzado. Otros termino agotada, preguntándome si lo estoy haciendo bien, si podría haber reaccionado de otra manera o si mañana tendremos que volver a empezar desde cero.
Supongo que la maternidad también consiste en eso: aprender a convivir con las contradicciones.
Mauro tiene seis años y, aunque todavía no tenemos un diagnóstico, llevamos tiempo observando algunas dificultades relacionadas con la regulación emocional, la frustración y la necesidad de movimiento. El pediatra considera que todavía es pronto para realizar determinadas valoraciones, así que, mientras seguimos observando, intentamos encontrar herramientas que le ayuden en su día a día.
Por suerte, en el colegio han trabajado mucho con él y hemos visto avances importantes.
Y quiero contaros algunas de las cosas que estamos aprendiendo, porque a veces compartir lo que funciona en casa puede ayudar a otras familias a encontrar sus propias herramientas.
El semáforo de las emociones: reconocer cómo me siento
Una de las herramientas que más nos han ayudado ha sido el semáforo de las emociones.
Es una idea sencilla: asociar un color a cómo nos sentimos para aprender a reconocer nuestro estado emocional antes de que la situación nos desborde.
Verde: estoy bien, estoy tranquilo y contento.
Amarillo: algo empieza a molestarme. Estoy nervioso, inquieto o enfadado.
Rojo: estoy muy enfadado o desbordado y necesito ayuda para recuperar la calma.
Lo interesante es que, cuando Mauro está tranquilo, puede hablar de los colores y reconocer qué significan. Sin embargo, cuando llega al rojo, le resulta prácticamente imposible identificarlo.
Y esto me ha hecho comprender algo importante: saber explicar una emoción cuando estás tranquilo no significa que puedas reconocerla cuando te invade.
Es precisamente en esos momentos cuando más necesita ayuda.
No podemos esperar que un niño que está completamente desbordado se detenga, reflexione y explique con palabras lo que le sucede. Primero necesita recuperar cierta calma. Después, cuando está preparado, podemos hablar de lo ocurrido.
Parece sencillo, pero cambia bastante la manera de acompañarlo.
El rincón de la calma: un espacio para volver a encontrarse
Durante la etapa de Infantil, en el colegio contaban con un espacio para la calma. Había piezas y materiales que le ayudaban a relajarse y un lugar al que podía acudir cuando necesitaba bajar la intensidad de lo que estaba sintiendo.
Me gustaba mucho esa idea porque transmitía un mensaje que considero fundamental: enfadarse no significa ser malo, portarse mal o ser menos capaz que los demás.
Las emociones no nos convierten en mejores ni peores personas. Lo que necesitamos aprender es qué hacer con ellas.
Tener un espacio tranquilo le permitía apartarse un momento de aquello que le estaba sobrepasando, recuperar el control y volver a la actividad cuando estaba preparado.
Ahora está en Primaria y el cambio es enorme.
A veces olvidamos que entre Infantil y Primaria pueden pasar solamente unos meses, pero las exigencias cambian muchísimo. Hay otras rutinas, otras expectativas y menos margen para detenerse.
Mauro sigue siendo el mismo niño que hace poco necesitaba un rincón tranquilo para regularse. Sin embargo, el entorno en el que se mueve ahora es diferente.
Y adaptarse a ese cambio no siempre es fácil.
En Primaria también estamos buscando soluciones
Afortunadamente, la zona de lectura de su aula tiene una alfombra en una esquina, una estantería con libros y cojines en el suelo.
Cuando se siente agobiado, puede pedir permiso y sentarse allí un rato. También tenemos unos auriculares con cancelación de ruido que, en ocasiones, utiliza porque reconoce que los necesita.
Para mí, ese gesto es importante. Que un niño empiece a identificar qué le molesta y qué recurso puede ayudarle ya es un avance.
Pero hay situaciones que todavía nos cuestan.
Por ejemplo, cuando reparten algo en clase y Mauro quiere lo que le ha tocado a otro compañero. Empieza a decir que no, se frustra y yo imagino cómo esa pequeña contrariedad puede ir creciendo hasta convertirse en una situación mucho más difícil de gestionar.
En algunas ocasiones, el colegio lo ha acompañado al despacho del director, que también le da clase. Allí tienen un espacio tranquilo, pueden ofrecerle bloques para jugar y esperar a que se relaje. Cuando está preparado y puede comunicarlo, lo acompañan de vuelta al aula.
Reconozco que este recurso me genera sentimientos encontrados.
Por una parte, me cuesta pensar que tenga que salir de clase para recuperar la calma. Me gustaría que dispusiera de herramientas suficientes dentro del aula y que no sintiera que necesita marcharse para poder regularse.
Por otra, entiendo que su desregulación también afecta al resto de compañeros y que el profesorado tiene que atender a todo el grupo.
No tengo una respuesta perfecta. Estamos aprendiendo.
Y agradezco muchísimo que su profesora me escuchara al principio de curso, cuando le expliqué mis sospechas y las dificultades que estábamos observando en casa. Esa comunicación nos permite buscar soluciones conjuntamente, sin esperar a que todo esté resuelto para empezar a ayudarlo.
Porque, con diagnóstico o sin él, Mauro sigue necesitando acompañamiento.
Las rutinas de sueño: nuestro pequeño laboratorio en casa
Si hay algo que he aprendido con Mauro es que el descanso no empieza cuando nos metemos en la cama.
Empieza mucho antes.
Para nosotros, el movimiento, el aire libre y las rutinas son fundamentales. Si por la tarde no hemos salido a caminar, a montar en bicicleta o, simplemente, a dar una vuelta, es bastante probable que por la noche le cueste mucho más bajar el ritmo.
Parece que su cuerpo todavía necesita moverse cuando llega la hora de dormir.
Y entonces empieza la fiesta: saltos en la cama, bromas, carreras y esa energía que aparece justo cuando yo ya estoy pensando en que al día siguiente toca madrugar.
Porque yo también tengo mis límites.
Hay días en los que estoy cansada, necesito dormir y me cuesta mantener la paciencia. A veces termino levantando la voz y, cuando me doy cuenta, soy yo quien se ha desregulado.
No me gusta que suceda, pero tampoco quiero escribir sobre crianza como si siempre supiera reaccionar de la manera adecuada.
Estoy aprendiendo a reconocer mis propias señales de saturación.
A mí me ayuda salir a caminar y darme una ducha caliente. A Mauro le ayuda moverse, tener contacto físico y saber qué va a pasar después.
Así que hemos ido construyendo nuestra propia rutina.
Sobre las siete y media de la tarde, más o menos, solemos entrar en casa. Se ducha, se pone el pijama y juega un rato con sus coches en su habitación. Después cenamos pronto, nos lavamos los dientes y subimos a la planta de los dormitorios.
Normalmente, esto sucede entre las nueve y las nueve y media.
Mientras yo me desmaquillo y preparo mi cama, porque hacemos colecho, él vuelve un rato a su habitación para jugar.
Y aquí es donde a veces se complica todo.
Yo ya tengo preparada la siguiente parte de la rutina: una crema para masajearle los pies y las piernas, un pequeño aparato que vibra y utilizo para darle un masaje en el cuero cabelludo, música de piano algunos días y, cuando le apetece, unos estiramientos suaves para relajar la espalda.
No siempre hacemos lo mismo. Vamos observando qué necesita y qué nos funciona mejor.
Lo importante es que la última parte del día sea tranquila, previsible y que incluya algo de contacto físico, que es algo que a Mauro le ayuda mucho.
¿Premios o castigos? Lo que estamos descubriendo
Una de las cosas que más me ha sorprendido es comprobar cuánto mejor funcionan los acuerdos anticipados que las amenazas de retirar algo.
Decirle que al día siguiente no vamos a hacer determinada actividad o que no tendrá algo que esperaba puede desencadenar un bucle de gritos, llanto y patadas que se prolonga durante cuarenta minutos.
En cambio, cuando anticipamos lo que va a suceder y acordamos juntos los pasos, las cosas suelen ir mejor.
Por ejemplo, hemos incorporado una pequeña rutina antes de ver unos vídeos de gatitos.
Cuando ha recogido sus juguetes, puede ver tres vídeos de unos treinta segundos cada uno. A veces, si ha conseguido completar la rutina sin ayuda, tiene la opción de uno adicional.
Es un acuerdo que conoce de antemano y que, por ahora, nos funciona bastante bien.
Pero hay algo que he tenido que aprender: muchas veces Mauro no necesita que le recoja los juguetes. Lo que necesita es que yo esté con él mientras lo hace.
Puedo decirle: «Venga, yo guardo tus zapatillas y tú recoges los coches».
Y cuando me giro, resulta que ya lo ha hecho.
Quizá la diferencia no esté en la tarea, sino en cómo se siente al hacerla.
A veces necesita que le ayude a empezar, que divida la tarea en pequeños pasos o que le acompañe durante unos minutos.
No siempre es una cuestión de no querer colaborar.
Y aunque utilizamos acuerdos y pequeñas recompensas, intento que no todo dependa de conseguir algo a cambio. También quiero que aprenda a participar en las rutinas de casa, a pedir ayuda y a descubrir que puede hacer muchas cosas por sí mismo.
Nuestro pequeño ritual termina con el dedo meñique entrelazado y una palabra:
«¡Trato!».
¿Y los vídeos antes de dormir?
Sé que las pantallas antes de acostarse son un tema delicado, pero quiero contar nuestra experiencia con honestidad.
A Mauro le gusta ver algunos vídeos de gatitos. Hemos observado que, si los elegimos con calma, son breves y los vemos dentro de un acuerdo que conoce, pueden ayudarnos a cerrar el día con un recuerdo agradable.
No son vídeos de juegos frenéticos ni de contenidos que le activen especialmente. Son pequeñas escenas de gatos que mira antes de pasar a la última parte de la rutina.
Eso no significa que las pantallas sean necesarias para dormir ni que esta estrategia funcione para todos los niños. Las recomendaciones generales de sueño infantil aconsejan limitar las pantallas antes de acostarse, y seguimos observando qué le ayuda realmente a descansar mejor.
En nuestro caso, estamos intentando encontrar un equilibrio entre lo que sabemos que recomiendan los profesionales y lo que observamos en nuestro día a día.
Lo que sí tengo claro es que leer por la noche, aunque me encantaría convertirlo en nuestro ritual, parece activarlo bastante.
Creo que visualiza tanto el cuento y todas las posibilidades de lo que podría suceder después que le resulta difícil desconectar.
Así que, de momento, hemos encontrado otras maneras de compartir ese rato.
Estiramos la espalda, contamos diez respiraciones y nos acostamos despacito. Algunos días ponemos música de piano. Otros, el ruido del ventilador es suficiente para que nos relajemos los dos.
No hay una fórmula perfecta. Hay días mejores y días peores.
Tres gatos y una nueva forma de relajarnos
En casa tenemos tres gatos: Ona, que tiene catorce años; Ximo, que ronda los dos; y Federico, que llegó siendo un pequeño terremoto de unos seis meses.
Desde que llegó Federico, Mauro y él juegan mucho juntos.
Corren, suben y bajan las escaleras, se persiguen y se esconden. A veces el gato se mete debajo de la cama, le toca el pie y sale corriendo, como si le estuviera diciendo: «¡Pillas!».
Y, por la noche, Federico acaba viniendo a dormir con nosotros.
Mauro siempre ha necesitado tocar algo para dormirse. Antes me acariciaba el pelo, enroscaba los mechones entre sus dedos y, poco a poco, se quedaba dormido.
Con el tiempo, aquello empezó a convertirse en tirones de pelo, así que tuvimos que buscar otras alternativas.
Ahora Federico tiene un pelaje tan suave que Mauro disfruta acariciándolo. El gato empieza a ronronear y, muchas noches, ese pequeño sonido termina acompañándonos hasta que se duerme.
Es una escena sencilla, pero me gusta pensar que hemos encontrado otra forma de ayudarle a relajarse.
Eso sí, el gato también tiene sus horarios. A veces, a las seis de la mañana, Federico decide que los dedos de los pies son un juguete estupendo y nos despierta a todos.
La vida real con niños y gatos también es eso.
Cuando cuidar de él significa aprender a cuidarme a mí
Hay algo que me ha costado reconocer.
Durante mucho tiempo pensé que, si yo era capaz de entender lo que le sucedía a Mauro, otras personas también deberían serlo. Que bastaba con explicar sus necesidades, anticiparme a las dificultades y ofrecerle las herramientas adecuadas.
Pero no todo el mundo tiene la misma información, la misma paciencia o la misma capacidad para interpretar lo que está sucediendo.
Y eso me ha obligado a revisar mis propias expectativas.
A veces me siento aliviada porque conozco a mi hijo, porque puedo anticipar determinadas situaciones y porque hemos encontrado estrategias que nos ayudan. Otras veces me siento saturada, porque acompañarlo emocionalmente también requiere energía, tiempo y una atención constante.
Además, estoy aprendiendo cosas sobre mí misma.
Descubrir que también tengo TDAH me ha ayudado a mirar algunas de mis dificultades desde otra perspectiva. A entender por qué determinadas situaciones me sobrecargan y por qué necesito encontrar mis propias herramientas para regularme.
No puedo acompañar a Mauro si me olvido de que yo también necesito descansar.
Y no siempre voy a hacerlo bien.
Habrá noches en las que me impaciente, días en los que levante la voz y momentos en los que necesite parar antes de continuar.
Lo importante será reconocerlo, reparar cuando sea necesario y volver a intentarlo.
Porque no quiero que Mauro crezca pensando que enfadarse es algo malo, que necesita esconder lo que siente o que solo merece ayuda cuando es capaz de comportarse como esperamos.
Quiero que aprenda a reconocer sus emociones, a pedir ayuda y a encontrar estrategias que le permitan recuperar la calma.
Y quiero aprender a hacer lo mismo.
Seguimos aprendiendo, sin tener todas las respuestas
Mauro tiene seis años. Está creciendo, cambiando y aprendiendo a desenvolverse en un entorno que le exige cada vez más cosas.
Nosotros también estamos aprendiendo a acompañarlo.
El semáforo de las emociones, el rincón de lectura, los auriculares, el movimiento, las rutinas y los pequeños acuerdos son herramientas que vamos probando y adaptando.
Algunas funcionan mejor que otras. Algunas nos sirven durante una temporada y después necesitamos cambiarlas.
No tenemos un diagnóstico que explique todas nuestras dudas, ni una fórmula que evite cada desregulación. Pero sí tenemos algo importante: la voluntad de observar, aprender y buscar maneras de hacer su día a día un poco más fácil.
Y, sobre todo, intento recordar que Mauro no es un problema que haya que solucionar.
Es un niño que está aprendiendo a entenderse, igual que yo sigo aprendiendo a entenderme.
A veces necesitará más ayuda. Otras veces conseguirá hacer solo algo que hace unos meses parecía imposible.
Y yo quiero estar ahí para acompañarlo, sin exigirle que avance siempre al mismo ritmo.
Porque crecer no es hacerlo todo bien.
Es ir encontrando, poco a poco, las herramientas que necesitamos para vivir mejor.
Y en esas estamos. Mauro y yo, aprendiendo juntos, un día detrás de otro.
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