como mi hijo me ayudaba a regularme sin que ninguno de ellos dos lo supiera


Hay algo que llevo tiempo entendiendo sobre mi maternidad.

Siempre pensé que jugaba tanto con mi hijo mayor porque era una madre implicada. Porque me gustaba pasar tiempo con él. Porque disfrutaba viendo cómo descubría el mundo...y de algún modo sanando lo que en mi generación no sé llevaba. 

Y todo eso era verdad.

Pero ahora creo que había algo más.

En una de las épocas más estresantes de mi vida, cuando vivía acelerada, agotada y con la sensación constante de no llegar a todo, había algo que conseguía calmarme de verdad: sentarme a jugar con él.

Su dulzura me regulaba.

Su manera de mirar el mundo me regulaba.

Su necesidad de ordenar dinosaurios, agrupar colores, construir torres, encajar piezas o colocar coches en fila me regulaba.

Mientras él jugaba, algo dentro de mí también encontraba orden.

Pasábamos horas construyendo mundos. Con telas convertíamos el salón en una cueva. Con colchonetas aparecían castillos. El pasillo de casa se transformaba en una selva, una pista de carreras o una expedición llena de peligros imaginarios.

Y yo disfrutaba tanto como él.

Ahora me pregunto cuántas veces pensé que estaba jugando para él cuando, en realidad, también estaba encontrando refugio para mí.

Porque en aquellos momentos no había jefes, ni prisas, ni listas interminables de tareas pendientes. Solo existía el siguiente dinosaurio, la siguiente construcción, la siguiente aventura inventada entre los dos.

Durante años vi esos momentos como tiempo dedicado a mi hijo.

Hoy también los veo como tiempo que, sin saberlo, me estaba dedicando a mí.

Quizás por eso algunos de mis recuerdos más felices de la maternidad no tienen que ver con grandes acontecimientos.

Tienen que ver con una manta sujetada entre dos sillas.

Con una fila perfecta de coches de colores.

Con una caja de construcciones.

Y con un niño que, sin saberlo, estaba enseñándole a su madre cómo encontrar calma en medio del caos.

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