Mi diagnóstico de TDAH a los 44: cómo la perimenopausia me ayudó a entender toda una vida
Después de varias sesiones, por fin tengo un diagnóstico: TDAH combinado.
Decirlo en voz alta produce una mezcla extraña de alivio, sorpresa y validación. Porque cuando recibes un diagnóstico en la edad adulta no solo entiendes lo que te ocurre hoy; también empiezas a reinterpretar gran parte de tu historia.
En mi caso, la clave fue la perimenopausia.
Alrededor de los 42 años empecé a notar que las estrategias que había utilizado toda mi vida para mantenerme organizada, productiva y funcional dejaban de ser suficientes. De repente, perdía las llaves varias veces por semana. La tarjeta de crédito aparecía en los lugares más insospechados. El móvil parecía tener vida propia. Mi necesidad de azúcar aumentó. Mi cabeza saltaba de una idea a otra con una intensidad difícil de explicar.
Y entonces llegó la segunda maternidad.
La carga mental creció, el tiempo para mí desapareció y el deporte —una herramienta fundamental para regularme sin saberlo— pasó a un segundo plano. Lo que durante años había conseguido compensar empezó a hacerse visible. Muy visible.
Lo que yo interpretaba como despiste, cansancio, falta de disciplina o incapacidad para llegar a todo tenía una explicación mucho más profunda.
Mirando atrás, veo señales por todas partes. La tendencia a empezar proyectos con enorme entusiasmo para luego perder el foco. La sensación constante de ir acelerada por dentro. La dificultad para priorizar. El esfuerzo invisible que suponía organizar mi día a día. Y esa sensación recurrente de que todo parecía costarme más que a los demás, aunque desde fuera nadie lo percibiera.
Durante años fui construyendo mecanismos para compensarlo. Rutinas, listas, ejercicio, estructura, hiperresponsabilidad. Funcionaban. O al menos funcionaban lo suficiente para que nadie, incluida yo misma, se planteara que podía haber algo más.
Hasta que dejaron de funcionar.
Durante meses pensé que todo se explicaba por la perimenopausia.
Y, en parte, era cierto.
Los cambios hormonales estaban ahí. La niebla mental, el cansancio, la dificultad para concentrarme, la sensación de estar siempre desbordada... Pero el diagnóstico de TDAH me hizo comprender que había algo más. Algo que había estado presente toda mi vida y que la perimenopausia simplemente había dejado al descubierto.
Porque cuando los niveles hormonales cambian, muchas de las estrategias de compensación que hemos utilizado durante años dejan de funcionar. Y lo que antes parecía manejable puede convertirse en un desafío diario.
Hoy no veo este diagnóstico como una etiqueta. Lo veo como una explicación. Una oportunidad para entenderme mejor, dejar de exigirme desde la culpa y empezar a construir herramientas adaptadas a cómo funciona realmente mi cerebro.
Quizá compartirlo también ayude a otras mujeres que sienten que, de repente, todo aquello que siempre habían conseguido sostener empieza a tambalearse.
Porque a veces no es que estemos fallando.
A veces simplemente nos faltan las piezas para entender nuestra propia historia.
Y precisamente de eso hablaré en el próximo artículo: de la perimenopausia, de sus síntomas más frecuentes y de por qué tantas mujeres pasan años pensando que están estresadas, agotadas o perdiendo capacidades, cuando en realidad están atravesando una transición hormonal que afecta mucho más que sus ciclos menstruales.
Si te has sentido identificada con algo de lo que has leído, quizá ese próximo artículo también sea para ti.
Yo acabo de conseguir el diagnóstico de SHLA, y es un alivio. Un beso
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