TDAH, ansiedad y estrés laboral: mi historia antes de entender lo que me ocurría




Poco a poco voy ligando comportamientos de antes con cosas que hoy entiendo de otra manera.

Durante años trabajé en una gran superficie de bricolaje. Éramos unas doce personas en el equipo. Como en cualquier sitio, había roces entre compañeros, pero lo que peor llevaba no eran los conflictos del día a día. Lo peor eran algunos de los responsables que pasaron por allí.

Es una lástima que en aquel lugar no abundaran personas coherentes, con ganas de construir equipo y hacer crecer a la gente. En su lugar, me encontré demasiadas veces con egos, egoísmo y actitudes que hoy sigo recordando con rabia. Escuchaba comentarios racistas hacia algunos compañeros y, hacia mí, aparecía el machismo más absoluto. Todo eso me consumía por dentro.

Salía del trabajo llorando. Entraba con indignación. Vivía en un estado de estrés constante que acabó convirtiéndose en ataques de ansiedad. Me sentía atrapada. Como esos juguetes que vienen dentro de una bola de plástico de las máquinas de monedas. Encerrada, dependiendo de la suerte de qué jefe nos tocara.

Una vez tuvimos un líder de verdad. Duró apenas unas semanas. Puso límites, señaló lo que no funcionaba y se marchó. Durante mucho tiempo pensé que había sido débil. Hoy creo justo lo contrario. Fue valiente. Fue coherente con sus valores. Vio algo que no estaba dispuesto a normalizar y tomó una decisión que, años después, yo también terminé tomando.

Y ahora, mirando hacia atrás, empiezo a entender otras cosas.

Podía mascar una caja de chicles en dos días. Tomaba cuatro o cinco cafés diarios, trabajando solo por las mañanas. Por las tardes empezaba otra jornada: recoger al niño, la casa, las responsabilidades, intentar llegar a todo.

Mientras tanto, iba acumulando pensamientos que se convertían en mi identidad: "no soy suficiente", "no llego", "los demás disfrutan y yo no sé hacerlo", "¿por qué me afectan tanto las injusticias?", "¿por qué no puedo mirar hacia otro lado cuando algo está mal aunque no me afecte directamente?".

Muchos años pensé que todo eso eran defectos míos. Que simplemente tenía que esforzarme más. Adaptarme mejor. Aguantar más.

Hoy empiezo a ver que quizás no eran defectos. Quizás eran señales. Formas de sobrevivir, de regularme y de intentar encajar en entornos que me estaban desgastando mucho más de lo que yo misma era capaz de reconocer.

Y cuanto más entiendo a la persona que fui, menos ganas tengo de juzgarla y más de abrazarla.



Y mirando hacia atrás, también empiezo a preguntarme por los chicles y el café.

Durante años pensé que eran simples costumbres. Pequeñas manías sin importancia. Pero hoy me pregunto si estaban haciendo mucho más por mí de lo que yo era capaz de entender entonces.

Podía mascar una caja de chicles en un par de días. Uno detrás de otro. Como si necesitara mantener algo en movimiento constantemente. Ahora creo que, en parte, me ayudaban a gestionar la ansiedad, la tensión acumulada y esa sensación permanente de estar sosteniendo más de lo que podía abarcar.

Y luego estaba el café.

Siempre pensé que lo tomaba para activarme, pero no creo que fuera solo eso. Lo que recuerdo no es un subidón de energía. Lo que recuerdo es tener la cabeza llena de pensamientos, tareas pendientes, conversaciones, preocupaciones e ideas bailando sin orden. Todo al mismo tiempo. Todo reclamando atención.

Y entonces llegaba el café.

Era como si, por un momento, alguien bajara el volumen del ruido. Las ideas seguían ahí, pero dejaban de atropellarse entre ellas. Podía distinguirlas. Ordenarlas. Empezar por alguna parte.

Por eso hoy me pregunto si aquellos chicles y aquellos cafés no eran simplemente hábitos. Si eran herramientas de regulación que encontré mucho antes de saber que las estaba utilizando para eso.

Quizás el masking no siempre se parece a una máscara. A veces tiene forma de chicle. De una taza de café. De agendas imposibles. De seguir funcionando cuando por dentro estás agotada.

Y quizá muchas de esas cosas que durante años juzgué como rarezas o defectos no eran más que intentos de mi cuerpo y de mi mente por encontrar equilibrio en medio del caos.

Porque a veces aprendemos a sobrevivir mucho antes de entender qué es exactamente aquello de lo que estamos intentando sobrevivir.

Comentarios